miércoles, 25 de septiembre de 2013

Sueños de niños de Tánger

Reportaje publicado por EL DIARIO VASCO

AL DÍA LOCAL

La asociación Sueños de Niños y Jóvenes trabaja por un futuro para cientos de menores marroquíes

Sueños que cumplir en Tánger
Ilargi Mayor y Mohcine Hammane, promotores de la asociación Sueños de Niños y Jóvenes. /MICHELENA 
 
Hay que vivir una situación muy desesperada para huir de tu país agarrado a los bajos de un camión. Para cambiar eso, la asociación Sueños de Niños y Jóvenes de Tánger trabaja con 300 menores de uno a 17 años de edad en Bir Chifa, un barrio marginal de la ciudad marroquí. Su objetivo es que tengan un futuro sin salir de allí. Tratan de prevenir mediante la educación que abandonen la escuela y acaben en la calle, que conduce a «la mayoría» al puerto. Son diez voluntarios, entre ellos los educadores sociales Mohcine Hammane e Ilargi Mayor.
La pareja lleva seis meses en Pamplona, la ciudad de Ilargi, y vinieron a Donostia para contar su experiencia en los Encuentros Interculturales que organiza la asociación socio-cultural local Banda Bat.
Pero es como si Mohcine estuviera en Tánger. «Hablamos de este tema y mi cabeza se va allí», comenta apesadumbrado.
Bir Chifa es el origen de muchos de los menores acogidos por la Diputación. Mohcine lo descubrió en el puerto de Tánger, donde trabajó más de siete años con los niños y adolescentes que no ven la hora de emigrar. Jóvenes que se esconden bajo los camiones o nadan hasta los barcos, y de los que demasiados mueren bajo las ruedas de los transportes o en el mar.
Por eso, hace ya casi tres años, Mohcine y algunos compañeros decidieron intervenir en el foco del problema, en Bir Chifa, donde más de la mitad de las familias, de nueve personas de media, viven con menos de 200 euros al mes. Un estudio sobre 800 familias les confirmó además que el 67% de los menores abandonan los estudios. Dejan clases abarrotadas, con «hasta cincuenta alumnos», donde unos profesores desbordados, y que en demasiadas ocasiones les han «castigado física y psicológicamente», no les echarán de menos. La mayoría de los padres son inmigrantes del campo, analfabetos que no dan mucha importancia al hecho, y que incluso empujan a sus hijos a que trabajen, sin importarles echarlos a la calle hasta que no vuelvan con una fuente de ingresos. En las largas noches sobre el asfalto, muchos hallan evasión y calor en el disolvente que inhalan.
Tánger sufre mucho paro. Los niños apenas encuentran trabajo como ayudantes en los mercados. Por eso emigran tantos aquí, primero al Estado y después a Euskadi, conocida por ofrecer más empleo y mejores ayudas sociales. Una vez aquí, descubren que no se les permite trabajar. No son pocos los que, entonces, delinquen, y su comportamiento se convierte en la mayor queja de sus educadores. Mohcine advierte de que vienen aquí «tras muchos años en la calle». Opina que los monitores vascos no conocen bien ese origen. Les invita a que hagan «un mayor esfuerzo por conocerlos, por adentrarse en su cultura, por saber de dónde han salido».
«Que puedan ser niños»
Los menores de Bir Chifa «sueñan con tener una vida mejor, con disponer de oportunidades», expone Mohcine. Pero también da importancia a que «los niños puedan ser niños». En el local de diez metros cuadrados que tiene alquilado Sueños, encuentran un espacio que «sienten como propio y donde pueden ser ellos mismos». La asociación trabaja allí con ellos y esporádicamente en las escuelas, así como con treinta madres, «pero es muy difícil acceder a la mujer en Marruecos». Con los padres y abuelos resulta más fácil.
Inculcan a los niños de Bir Chifa valores y principios, les enseñan sus derechos pero también sus obligaciones, y les dan recursos a través de la educación. La pequeña suma que reciben de donantes foráneos es para pagar el alquiler del local, aunque también reciben material. Con más dinero, podrían llegar a más niños, centrarse en ellos, disponer de más medios y un local mayor. Banda Bat ha solicitado una subvención al Ayuntamiento de San Sebastián para Sueños. Pero Mohcine e Ilargi confían en que, con el tiempo, no tengan que depender de la ayuda externa y el proyecto crezca «por sí mismo. Ojalá estemos formando a los educadores del futuro».
Ilargi se sumó al proyecto hace casi dos años, en el verano de 2007, poco antes de que la asociación se constituyera como tal. Ella y Mohcine esperan una niña para agosto que se llamará Aisa. Nacerá aquí, pero la criarán en Tánger. Esperan que, cuando crezca, si viene a Euskadi, que no sea porque no puede hacer sus sueños realidad al otro lado del estrecho.

lunes, 4 de marzo de 2013

DCA por accidente de tráfico

26.10.09 -  EL DIARIO VASCO

Jugar, reír y luchar para superarse

Los usuarios de Aita Menni de Donostia combaten contra sus lesiones cerebrales. Celebran el día reivindicativo de hoy compitiendo contra sus amigos de Bilbao



DV. «Si me caigo, lo más lejos es el suelo», bromea el donostiarra Oskar Redondo, de 31 años, con su excepcional sentido del humor. Una charla con él hace olvidar su diagnóstico: alteraciones conductuales, del lenguaje, de memoria y físicas. Necesita una silla de ruedas para andar por la calle, pero en interiores, anda con muleta. La causa, un golpe en la cabeza en un accidente de tráfico, hace ya doce años. «Y cuantos más años pasen, mejor».
El traumatismo craneoencefálico es una de las causas principales de Daño Cerebral Adquirido, el nombre que recibe la lesión en personas previamente sanas del órgano más importante del cuerpo y que coordina todos los demás. La otra son los ataques cerebrales o ictus, primera causa de muerte entre las mujeres y segunda en los hombres.
Muchas personas sobreviven a esos episodios con secuelas que varían según la zona del cerebro dañada. Puede afectar a la movilidad, los sentidos, la comunicación, la inteligencia, la atención, la memoria, las emociones y la conducta. El epidemiólogo Javier Mar ha calculado que alrededor de 11.000 vascos sufren discapacidad en la actualidad por el DCA.
Oskar es usuario del Centro de Día para personas con Daño Cerebral Adquirido que la fundación Aita Menni gestiona en Donostia desde 2002, como Félix y David, que se lo pasan fenomenal jugando al Boccia. Lanzan sus bolas, azules las de uno, rojas las del otro, lo más cerca posible de la blanca. Este deporte paralímpico, con reglas muy estrictas, es como una especie de petanca. «No vale cachondeo ni poner nervioso al contrincante», les advierte el director del recurso, Iñigo Urrutikoetxea.
Félix y David se preparan, como otros más de cincuenta deportistas discapacitados, para una jornada de deporte adaptado que se celebrará en Bilbao hoy con ocasión del Día del Daño Cerebral Aquirido. El evento está organizado por la Diputación Foral de Vizcaya, el Hospital Aita Menni y la Asociación de afectados y familiares ATECE, con delegación también en Gipuzkoa.
Ninguno de los usuarios del centro de Donostia está federado en deporte adaptado. «Lo hacemos como una actividad especial para motivarles, animarles», explica Urrutikoetxea. Y la fisioterapeuta, Arantzazu Álvarez, añade: «El deporte es bueno para todos. En este caso, para estas personas, les sirve para saber comportarse ante una normativa, para el aprendizaje y la memoria; y, físicamente, para la fuerza y la coordinación». Pero hasta ahora «se había dejado un poco de lado el deporte para ellos», lamenta.
En otra sala del centro, Jesús, Ibane, Oskar, David, Ainara y Peio juegan al voley globo, unos de pie y otros sentados en silla de ruedas. Llevan «horas de entrenamiento, aunque aquí se trata de algo más participativo. A Bilbao vamos a ganar», afirma Arantzazu con una sonrisa. El cartel que preside la estancia dice Aupa Aita Menni. Donostia aurrera. De aquí irán a Bilbao cinco practicantes de Boccia y seis de volei adaptado.
«Si tuerces, retrocedes»
Oskar cree que la experiencia será «subir de nivel». Sabe que tiene que ir «recto» en su esfuerzo por recuperar y mantener sus funciones. «Si te tuerces, retrocedes. En mi vida anterior, me torcí y tuve el accidente». Fue el 23 de noviembre de 1997, a primera hora de la mañana. Conducía otro. Oskar iba dormido cuando sucedió. De los cuatro ocupantes del vehículo, dos murieron. Volvían de haber estado de fiesta por Navarra.
Tras el brutal golpe en la cabeza, Oskar pasó dos meses en coma profundo y muchos más en estado vegetativo, pero todo eso se lo han contado. Perdió completamente la movilidad. «Estaba muerto», describe. Primero estuvo en el hospital Virgen del Camino, en Navarra, donde decían que «si salía adelante, quedaría como un vegetal. Pero ahora no paro quieto», dice con su habitual optimismo. «Por eso salí bien del coma. Si hubiera sido negativo, estaría bajo tierra». Lleva en el centro de día de Aita Menni desde su apertura. En estos siete años, siempre atendido por el amplio equipo de especialistas para sus problemas, ha ganado autonomía, según confirma Arantzazu.
Oskar insiste en que «hay que tomárselo con humor y con calma. Mejor despacio y con buena letra, para no torcerse». En el centro, además de voley, hace manualidades, figuras y cuadros, usa el ordenador y los martes y los miércoles aprende a cocinar, para echar una mano a su madre. «Ella vive conmigo», establece.
«Galán de telenovela»
Félix también tiene buen humor. Este hernaniarra de 32 años se ríe con su nombre «de galán de telenovela»: Félix Enrique, y, por apellidos, Miguel Lorenzo. Su historia no es muy distinta de la de Oskar: también venía de Navarra cuando sufrió un accidente. El suyo fue en diciembre de 1999. Habían ido dos amigos a por un billete de lotería. El otro, que conducía, se recuperó en dos o tres meses.
Félix estuvo «unos dos meses en coma» en Pamplona. Le han contado que, una vez hubo recuperado la consciencia, se alegró mucho cuando le llevaron a su perro Xandor, que sigue con él y sus padres, y a partir de ese momento empezó a estar «más despierto». Tras un año en la capital navarra, pasó por la Unidad de Daño cerebral del Hospital de Aita Menni en Arrasate y por el centro de ATECE en Intxaurrondo antes de estrenar el centro de día de Donostia en 2002, exactamente igual que Oskar.
Cuando llegó, Félix necesitaba un andador, pero ahora se desplaza por interiores con un bastón tetrapodal y «con seguridad», señala Arantzazu. Felix añade, medio en broma, medio en serio: «No sé si he mejorado mucho, pero por lo menos lo he intentado». Para exteriores, necesita silla de ruedas y la ayuda de otra persona. Ha hecho esquí adaptado y, como el resto de los usuarios, se ha bañado en La Concha con las muletas anfibias. Le habría gustado que la competición de hoy fuera de bicicleta estática, pues la usa todos los días, en su casa y en el centro.
Allí le enseñaron a usar el ordenador y el móvil. La agenda de este último le viene muy bien por la alteración de su memoria. «Se me olvidan un poco las cosas, pero generalmente, recuerdo bien». También confecciona un álbum con fotos, notas y documentos que le ayudan a revivir su pasado reciente. Hoy le gustaría escribir «que hemos arrasado, que no hemos tenido piedad con ellos. Ellos están más metidos en el tema, supongo que lo harán mejor, pero no vamos a acobardarnos». Porque nunca lo hacen.

martes, 12 de febrero de 2013

El combate de Nando

Segunda parte del reportaje 'La segunda vida de Estitxu y Nando', publicado por EL DIARIO VASCO en octubre de 2008



El combate de Nando
«Una vida salvada merece ser vivida». Es el lema de ATECE, asociación de afectados de Daño Cerebral Adquirido de Gipuzkoa. A ella pertenece Nando de Sosa, hernaniarra de 57 años. Su combate comenzó también en mayo de 1998, cuando sufrió un derrame cerebral mientras ejercía su profesión, electricista, en Lazkao. Las fuerzas abandonaron el lado derecho de su cuerpo y perdió el habla, pero llegó consciente al hospital de Zumarraga, donde cayó en coma. Los médicos no esperaban que sobreviviese, pero no contaban con el carácter de este antiguo jugador de rugby.
Despertó doce horas después en la UVI del Hospital Donostia, donde también se encontraba Estitxu, de quien después se haría amigo. Nando abrió los ojos, pero no sabía quién era ni dónde se encontraba, no podía hablar ni moverse y no reconoció a su mujer, Lourdes, ni a su familia. Estuvo en ese estado durante un mes.
A los tres meses, soltó su primera palabra: «¡Hostia!», cuando su mujer y un amigo le estaban «agobiando» a base de preguntas. Después pasó ocho semanas sin decir nada, pero consiguió recuperar el habla, aunque le cuesta y en ocasiones pierde el hilo por el deterioro de su memoria. Pero se defiende, «gracias a las logopedas de ATECE», que le han enseñado «a hablar con tranquilidad».
Sufre una hemiplejia, es decir, una inmovilidad en la mitad de su cuerpo, en su caso la derecha, porque el derrame afectó al lado izquierdo de su cerebro, como evidencia un hoyo en ese lado de la cabeza. Necesita una muleta para caminar, pero lo hace todos los días. Le costó mucho hacerse zurdo, pero a día de hoy escribe «mejor» con su mano útil que antes con la diestra.
También pinta, en el centro de ATECE, donde ha aprendido a usar el ordenador, y los viernes va a la piscina con el resto de usuarios. Lo que más añora de su vida anterior es «trabajar y pensar con claridad».
Pero no tiene, en cambio, que echar de menos a nadie. Nando es «uno más» de la misma cuadrilla de toda la vida, con la que viaja a las Landas en Semana Santa, aunque llevan «tres o cuatro años sin ir». También va de vacaciones con Lourdes, «alguna vez», a Fuengirola, y ha vuelto «encantado» de Granada, a donde lo llevó ATECE en mayo.
Nando protesta contra la conducción brusca de los autobuses, que amenaza con tirar a las personas que, como él, carecen de estabilidad. Además, critica que paran «a un metro» de la acera y pide que los inclinen para que puedan bajar discapacitados como él y mayores. Pero no se limita a protestar verbalmente. Saca fotos de los coches aparcados indebidamente en las plazas para discapacitados y en los pasos de cebra y planea una exposición. «Con matrículas», advierte.

La segunda vida de Estitxu

El daño cerebral adquirido afecta a unos 11.000 vascos, pero la red de rehabilitación es mínima. Dos afectados explican su experiencia desde que volvieron a nacer


DV. Estitxu Amador tenía 25 años en 1998, cuando ejercía su profesión, ingeniera informática, en Madrid, donde vivía con su novio Santi y sus tres gatos. Le gustaba leer, correr, patinar, nadar... Tenía la carrera de música, tocaba el txistu y daba clases. Hablaba «perfectamente» euskera y francés. Había aprovechado bien un cuarto de siglo y tenía toda la vida por delante.
José Manuel habla de su hija con orgullo de padre, mientras la acercan a la mesa en su silla de ruedas. Estitxu tiene la cabeza gacha y el rostro inexpresivo. «Eh, joven, ¿esa carita?», le insta su padre, y ella la levanta y sonríe como puede, más con sus ojos que con sus labios.
En el puente de mayo de 1998, Estitxu estaba en casa de sus padres en Donostia. De repente, se agarró la cabeza, exclamó 'qué dolor', «y ahí se acabó. Perdió la consciencia y se le volvieron los ojos». José Manuel recuerda el momento de la hemorragia cerebral y ella sufre al oírle. Tras debatirse entre la vida y la muerte, volvió a nacer. «Un día abrió los ojillos, y poco a poco fuimos viviendo». Comenzaron a comunicarse con parpadeos: uno, «sí»; dos, «no». Así descubrieron que su cabeza estaba «bien». Santi no estaba allí.
Estitxu padece daño cerebral adquirido (DCA), es decir, una lesión en el órgano más importante del cuerpo y que coordina todos los demás. Sus causas principales son los accidentes que provocan traumatismos craneoencefálicos y los ataques cerebrales, también llamados ictus, primera causa de muerte entre las mujeres y segunda en los hombres.
Muchas personas sobreviven a esos episodios con secuelas que varían según la zona del cerebro dañada. Puede afectar a la movilidad, los sentidos, la comunicación, la inteligencia, la atención, la memoria, las emociones y la conducta. El epidemiólogo Javier Mar ha calculado que alrededor de 11.000 vascos sufren discapacidad en la actualidad por el DCA.
Dependiente
Estitxu ha perdido, aunque no en su totalidad, la movilidad de brazos y piernas. Hay que llevarla al baño, desplazarla, partirle la comida, asearla... «Está estabilizada y no se esperan cambios», informa el responsable del centro de día de Aita Menni en Donostia, el psicólogo Iñigo Urrutikoetxea. También señala que su consciencia, su atención y su memoria están «relativamente preservadas».
Con el ordenador del centro, Estitxu sólo necesita tiempo para comunicarse. El segundero del reloj, sobre la mesa, recuerda su paso con varios latidos entre clic y clic del ratón con el que ella señala letras en la pantalla. Escribe mayúsculas, tildes, puntúa bien y corrige las erratas. Después, manda a la máquina que lo diga por ella.
Así, Estitxu explica que, cuando se dio cuenta de que no se podía mover, sintió como si se hubiera terminado su vida. «No fue así, afortunadamente», interviene José Manuel, siempre sonriente, porque casi pierde a una hija. Ella continúa: durante cuatro años, conservó la esperanza de volver a moverse, pero en 2002, en Barcelona, tras operarle, le dijeron que no podían hacer más. Aquello fue «más duro», si cabe, que despertarse tras el ataque.
«Me gustaría enormemente poder volver a ser quien yo era», escribe. Lo que más echa de menos es su autonomía, poder hablar y andar por sí misma, que es lo que hace en sus sueños. Sufre mucha ansiedad, confinada dentro de su cuerpo inerte.
Viaja con sus padres. El lugar que más le ha gustado es la Alhambra granadina y volvería a Cuba. Pero en casa es «feliz». Le gusta la televisión, sobre todo el concurso Pasapalabra. Escucha a Queen y George Michael. En el centro, lo que más le place es la comida, la siesta y el ordenador. Sus amigos de antes siguen con su vida y a veces le visitan.
Santi reapareció cuatro años después del accidente. Llama la atención ese retorno tardío tras su ausencia inicial. «Pero él era, y sigue siendo, mi novio», escribe Estitxu en un cuaderno, y lo subraya con una mirada feliz que no admite dudas. Se mandan correos y poco importa que no se hayan visto en los últimos cinco años. Ella lo ve por las noches en sus sueños, en los que incluso se han casado. Después, despierta, la traen al centro, y a vivir, día a día. «Qué remedio», dice con un hilo de voz, mientras sonríe con sus ojos azules.
Próximamente, La segunda vida de Nando

Flores en la carretera - La sonrisa de Rubén

Final del reportaje 'Flores en la carretera' publicado por EL DIARIO VASCO en enero de 2008.

«Recuerdo a mi hijo siempre sonriente»


Rubén Arrieta contaba 19 años cuando falleció por accidente sin salir de su pueblo, Zarautz, el 7 de agosto de 2005. «Siempre decía que iba a morir en moto, pero nunca pensé...», recuerda su madre, Luisa Morilla. El joven chocó con su motocicleta contra un automóvil cuya conductora, joven y principiante, había realizado una maniobra indebida, «un error que puede cometer cualquiera. Sin embargo, José, el padre de Rubén, la culpa. Ha sufrido mucho, como mi madre y el pequeño, Joseba, que ahora empieza a remontar».

Luisa vela por que siempre haya flores en el lugar donde murió Rubén. «Como madre, hay un antes y un después». Llora serena mientras cuenta su historia. «Es como si te pusieran una losa encima de la cabeza». Le consuela que «fue muy feliz toda su vida. Viajó mucho, tuvo el amor de una chica... Vivió cosas que mucha gente con 60 no ha vivido. Era muy inteligente. Hubo una etapa en la que no quería estudiar, pero cuando murió estaba a punto de acabar el bachiller».

«Se proponía ser piloto, la aviación era su pasión. En un vuelo, le dejaron entrar en la cabina y el capitán dijo que era el aficionado que había conocido que más sabía de aviones. Era un manitas y trabajaba en un bar. Lo recuerdo siempre sonriente y muy alegre. El último día fue muy especial, bonito y entrañable, y lo siento como una despedida. Le decía todos los días que lo quería. Hay que decirlo».

Rubén murió a las 10.50 horas, y Luisa se sintió indispuesta a las 11, cuando estaba en Donostia con su pareja, Óscar. A las 12 les informaron del accidente. Camino de Zarautz, Luisa intuyó lo peor: «Rubén ha muerto», y el «frío, el vacío y el dolor» se apoderaron de ella.

«Es un dolor con el que hay que aprender a vivir. Tengo una madre, una pareja y un hijo que también me necesitan. Vivo el día a día. Siento la falta de mi hijo, no la muerte, porque creo que hay una vida mejor después de esta. Todos los días hablo de Rubén, lo lloro y río con él, y también a diario pido a Dios que no se lleve a Joseba --siento miedo cuando suena el teléfono".

"Rubén está conmigo. Siempre busco una estrella en el cielo y la encuentro antes de llegar a Zarautz. Sueño con él, que siempre se ríe, y me da mucha paz». Un avión surca el cielo. Luisa lo mira complacida. «Mira, ahí va».

lunes, 11 de febrero de 2013

Flores en la carretera - En el nombre del hijo

Continúo reproduciendo el reportaje 'Flores en la carretera' publicado por EL DIARIO VASCO en enero de 2008.

«¿Por quién luchar si no es por un hijo?»


La frontera que separa el accidente del homicidio la fijó un juez en el siguiente caso. El culpable, Laurent Marcel P. M., transportaba 872 kilogramos de hachís por la A-8, a la altura de Itziar, en un Touareg blindado. Avistó un control de la Guardia Civil, dio media vuelta y huyó en dirección contraria. A lo largo de 7 kilómetros, la suerte sonrió a varios conductores. Iosu Trujillo y Teresa Ruiz, sin embargo, no pudieron esquivarlo.

Era medianoche del 18 de febrero de 2005. Las víctimas contaban 33 y 35 años, respectivamente. La parte delantera del Rover 45 que conducían quedó completamente destruida. El habitáculo interior del Touareg, en cambio, resultó intacto. Laurent Marcel fue condenado a 15 años de prisión.

La Ertzaintza consiguió dar con el padre de Iosu, José Luis, a las nueve de la mañana. El estrés que le causó la noticia le reventó el oído derecho, pero no se dio cuenta hasta dos semanas después, gracias al teléfono. Ahora está a la espera de una operación para recuperar la audición.

Tenían una relación muy estrecha -«era amigo además de hijo»- que no se ha interrumpido. José Luis lleva el reloj de Iosu, y usa habitualmente ropa del «chaval». «No he acudido a ningún psicólogo porque ya sé lo que tengo. Al chaval de la cabeza no me lo puedo quitar. Estoy viviendo siempre con él». Asegura que no se siente «la misma persona» y que ha perdido la tranquilidad, pero por lo menos ha conseguido dormir mejor y sin pastillas.

Este mecánico jubilado honra la memoria de su hijo. «Era un chaval majísimo. Era como son las personas». A los 23 años, Iosu, cuya inteligencia deslumbraba a compañeros y profesores, se convirtió en el ingeniero número uno de su promoción. Por aquel entonces falleció su madre, Lucía Vidán, por la que se desvivía. «Tras el accidente me decían: 'menos mal que no vive Lucía'».

Iosu era muy apreciado por sus compañeros, entre ellos su hermano José Luis. Fue un año campeón del interpueblos de pelota, deporte que practicaba en el pueblo de su madre, Alda, en Álava, donde le tributaron un homenaje el pasado 24 de noviembre. También era un «excelente» conductor. José Luis siempre lo dejaba conducir porque «era mucho más responsable. Jamás había tenido un accidente. Además, era abstemio».

Teresa y Iosu se conocieron en San Fermín tres años antes del accidente. En 2005, residían en Altza y ella era matrona en el Hospital Donostia. Además, trabajaba como cooperante en verano. Planeaban casarse, y a Iosu se le notaba encantado con la primera hija de su otra hermana, Jaione -«a la segunda no la ha conocido». El abogado Miguel Alonso los definió como «personas válidas en la sociedad».

Cuando José Luis anunció que se iba a personar en el juicio contra el traficante, le advirtieron que le iba a costar dinero. «Como si me tengo que arruinar. Si no es por un hijo, ¿por quién vas a luchar?». Pero no guarda rencor a Laurent Marcel. «Tenía la misma edad y le esperan muchos años de cárcel. No puedo evitar sentir pena por él aunque me haya matado al hijo».

domingo, 10 de febrero de 2013

Flores en la carretera - No fue un accidente

Reportaje publicado por EL DIARIO VASCO en enero de 2008

Flores en la carretera

La carretera y la violencia vial se cobran vidas y marcan otras. Los familiares honran a sus víctimas con el recuerdo y la lucha por la justicia. Así lo hacen tres familias que han sufrido esta amarga experiencia

SAN SEBASTIÁN. DV. Euskadi registró 70 fallecidos en accidentes de tráfico en 2007, lo que supone un descenso del 18,6% respecto a los 86 decesos registrados el año anterior. Unas cifras que sólo tienen en cuenta a los fallecidos en vías interurbanas en las primeras 24 horas tras el choque, y que no distinguen entre accidentes, casuales, y los que no son fruto del azar, sino directamente imputables a conductores temerarios. Hay que considerar el descenso, pero sin perder de vista que esa cifra incompleta computa dramas como los que narran Josetxo, José Luis y Luisa.

«No fue un accidente, sino un asesinato»


El primer accidente mortal de 2007 en Gipuzkoa sucedió la media noche entre el 1 y el 2 de enero. Cinco miembros de una misma familia circulaban cerca de su pueblo, Hernani, cuando llegaron a un cambio de rasante sin visibilidad donde la velocidad máxima es de 70. De improviso, los embistió otro automóvil a gran velocidad. Su vehículo pasó de 70 a 0 en un instante, giró 180 grados y retrocedió cinco metros. El otro recorrió 15 metros más, con el motor haciendo de ancla.

Ángel Lázaro, el aitona, falleció al volante. Su nieta Haizea Etxeberria, de cuatro años, sufrió un traumatismo cerebral interno. Entró en la UCI de Pediatría del Hospital Donostia en brazos de su padre, Josetxo, que también se había llevado lo suyo: politraumatismo óseo y muscular completo sin fracturas, que implicó desgarros en toda la musculatura, inflamación de todos los huesos, costillas flotantes y aplastamiento de la quinta vértebra lumbar, con un hematoma en la médula espinal que le impidió sentir de cintura para abajo durante días.

Su esposa Susana Lázaro y su suegra Aurora Pérez tampoco salieron mejor paradas. Entre otras lesiones, ambas se rompieron fémur izquierdo y cadera; además, la segunda sufrió la fractura de ambos húmeros, esternón y pleura, y también entró en la UCI. A las cinco de la mañana, la pediatra solicitó a Susana y Josetxo su permiso para donar los órganos de Haizea en caso de muerte, dada su extrema gravedad. Consintieron y a las siete se pusieron en contacto con abogados, a los que trasladaron una sospecha: no había sido un accidente.

Haizea salió de peligro el día 8; Aurora, a las dos semanas. La familia recuerda indignada que, si hubieran muerto más de 24 horas después del choque, no habrían figurado en las estadísticas. Ninguno pudo asistir al entierro de Ángel, ni tampoco sumirse en el dolor: se impuso recuperarse y hacer frente a la adversidad. El 20 de enero, la Ertzaintza les notificó que el «agresor» dio 2,5 gramos de alcohol por litro de sangre. Más adelante, contrataron un perito que calculó la velocidad del «asesino al volante»: 144 kilómetros por hora en un tramo con un máximo de 70. «Los gritos de Haizea me impactaron tanto que hasta agosto no soportaba oírla llorar», recuerda Josetxo. «Pero no quiero olvidar nunca la imagen de mi hija medio muerta en mis brazos porque es lo que me da fuerzas para reivindicar que esto no vuelva a pasar. Tampoco podemos traicionar la memoria de Ángel. No fue un accidente, sino un asesinato en toda regla. He convertido en la causa de mi vida, mi cruzada, que el agresor sufra una pena proporcional, que cargue con las consecuencias de sus actos, para que se lo piensen dos veces. Contratan el seguro para matar gente, destrozar familias y evitar la cárcel».

«No nos van a comprar con dinero -que no llegue, es otro tema-. Exigimos responsabilidades penales. Llegaremos hasta el final», advierten, al igual que admiten que la situación económica es «insostenible». Han pedido dos créditos y no pueden calcular cuánto han adelantado, entre tratamientos -tras el alta con secuelas-, rehabilitación, traslados, cambios de domicilio y obras para adaptarlos, contratación de asistentes. Pero ni Josetxo ni Susana han repuesto las gafas deterioradas en el accidente. «Es cuestión de prioridades», como la de contratar al perito.

Agradecen a todo el personal de la planta tercera de Traumatología y la UCI de Pediatría del Hospital Donostia que se volcaran en su caso -«no hay palabras». Sin olvidar a familiares, amigos y vecinos, sin cuya ayuda no habrían podido salir adelante, ya que no podían cuidar unos de otros, dados los diversos grados de discapacidad y dependencia. «Este sufrimiento no se puede pagar con dinero». Para muestra de lo que les espera todavía, Susana, a sus 34 años, ya padece artrosis degenerativa.

«Si mi hija hubiera muerto, no habría tenido fuerzas para seguir adelante. Empecé a andar para no quedarme en silla de ruedas y cuidar de ella», revela Josetxo. Haizea superó la lesión cerebral sin secuelas aparentes -«ahora es la que mejor está»-, y a sus 5 años también lo tiene claro: «Aita, cuéntalo para que no nos vuelva a pasar».
(Continuará)

Etiopía

Un país joven, apasionante y agradecido

Etiopía es un país lleno de niños que regalan su sonrisa al visitante. La edad media es de 18 años, la esperanza de vida se sitúa en los 50, cada mujer tiene una media de cinco hijos y el 12% de los pequeños mueren antes de los 5 años. Se calcula que por lo menos tres millones y medio de personas padecen sida, pero quienes conocen la realidad del país sobre el terreno estiman que esa cifra se queda corta.
Esta situación límite conmueve en lo más hondo al visitante, encandilado por la formidable acogida que tributan los etíopes y la belleza de sus paisajes y sus gentes, así como por esa sensación que transmiten los nativos de saber disfrutar y agradecer lo poco que tienen en un país donde, a diferencia de Euskadi, la continuidad de la vida no se da por supuesta.
Un ejemplo de esta actitud es la aldea de Mayafulalu, cerca de Meki. Sus habitantes se sienten ricos porque disponen de una fuente, electricidad y una escuela, además de una iglesia y un molino, edificados con los donativos de un hondarribiarra y un notario donostiarra, respectivamente, que no quieren ser conocidos por ello. Selam, embarazada de ocho meses, considera que vive «mejor que la reina de Inglaterra» porque ya no tiene que andar 14 kilómetros para traer agua o para moler el grano.
Lejos de la imagen de miseria y hambre que asociamos con Etiopía, el país africano constituye un destino turístico singular, con sus monumentos, sus parques naturales y, sobre todo, su gente.